El intenso calor la envuelve como una bruma sofocante. El ventilador de techo, exhausto de trabajar día y noche, apenas consigue mover el aire que cae sobre ella como una masa viscosa y la aplasta contra el piso cerámico. La sala es una cueva oscura y caliente. Se gira sobre sí buscando un espacio fresco, dejando una huella de sudor que recuerda a las siluetas en las escenas del crimen.

Si las tres de la madrugada es la hora de la bruja, ¿a quién pertenecen las tres de la tarde? El resplandor ardiente y cegador, el sopor que ralentiza el tiempo, el peso de los 39 grados como lápidas en los párpados. Nadie reclama para sí las tres de la tarde, es un tiempo muerto. La música apenas se percibe a través de la nebulosa duermevela, el estallido de un trueno la regresa a la sala, despierta con una frase en los labios: “Durch träume und flut”*.

La memoria mecánica toma el control. Se levanta del suelo, se alisa la falda de tartán del uniforme, mira el reloj: diez para las tres. Le gustan las tardes con lluvia. Las gotas kamikaze arrasan con el vaho caliente de agosto. Calcula que diez minutos bastan para lavar los platos, pero no para hacer la tarea. Confía en que los trastes limpios le compren algo de indulgencia. Termina a las tres con tres.

Le extraña que su madre, la más puntual, no haya llegado, pero tampoco es tan raro, la lluvia hace que crezca el canal del arroyo seco y embrutece el tráfico. Se alegra, al parecer tendrá tiempo para hacer algo de tarea si se da prisa y, si el tráfico conspira en su favor, incluso podría terminarla. La alegría se convierte en preocupación para las cuatro, para las cinco, en angustia. No se atreve a salir de casa, el cielo sigue azotando con furia. La tormenta amaina a las siete, sale envuelta en una cobija, siente frío. Su mente recita unas palabras del libro de química: “la capacidad calorífica del agua es excepcionalmente alta”, no sabe bien qué quiere decir, pero intuye que significa que el agua roba calor. Camina por calles desdibujadas por el agua, siguiendo la ruta contraria del camión de personal de la vieja maquila. Gira a la derecha por la avenida de los claveles, la que da al cruce con el canal del arroyo seco, se confunde. La calle desierta se ha vuelto un hervidero de gente calle abajo. El miedo se manifiesta como un cosquilleo detrás de las rodillas, corre abrazada a su cobija, el chapoteo del agua se diluye en  gritos y llantos. Choca con la multitud, se abre paso a empujones. Ve sabanas en el piso, sabanas sobre cuerpos, cuerpos fríos a los que el agua les robó el calor. El corazón le late queriéndose salir del pecho, la vista se le cierra con un velo oscuro de afuera hacia adentro, apenas se ve el techo de un autobús asomando desde el fondo del arroyo seco. Le zumban los oídos. Aturdida, siente en el hombro una mano que la toma, la gira, la jala, la abraza. Como si fuera un sueño escucha: “Ay mija cómo lo siento” y su cuerpo se hace agua.

Abre los ojos, la memoria mecánica vuelve a tomar el control, se levanta del suelo, se alisa el pantalón, se seca las lágrimas, recita “Durch träume und flut”. Mira el reloj, las tres con tres. Toma un par de ansiolíticos y sale de la vieja sala al ardiente resplandor de agosto, convencida de intentarlo una vez más, al dia siguiente. Tal vez regrese al día anterior, no a ese, al día anterior, y pueda robarle al agua unas horas más con su mamá.

 

·       Frase inspirada en la canción “Durch Nacht an Flut”, de Lacrimosa. Se traduce como “a través de los sueños y las aguas”.

 

Linda Osuna