—¡Basta!
—N
—Nombre: Nuria
—Apellido: Núñez
—Ciudad o país: Nigeria
—Animal: Nutria
—Flor o fruto: Naranja
Mi abuela era Nuria Núñez y su fruta favorita era la naranja. Le gustaba pelarlas con las uñas, nunca con cuchillo: enterraba el pulgar derecho y jalaba en espiral la cáscara, poco a poco, para que no se rompiera, aspiraba el zumo y se frotaba el aceite en las manos, decía que era bueno para la piel, siempre cuidando de no asolearse porque mancha.
Los olores intensos de las flores mezcladas —jazmines, madreselvas, gardenias, azares— impregnaban el aire, pero, sobre todo, las naranjas agrias. Cómo nos gustaba morderlas con todo y cáscara, con el zumo amargón y el sabor dulce-agrio, el jugo escurriéndose por los brazos, chupándolo como paleta. Era parte de nuestros juegos infantiles, o mejor dicho, de los recesos de los juegos, para descansar y refrescarnos bajo los arbolitos.
Aquellas tardes de verano, cuando no llovía o acababa de llover, hacia las seis, ya pardeando y soplando un aire todavía caliente de sol, vivíamos momentos de ocio que para los niños son de exploración y descubrimiento. Con los ojos bien abiertos, nos sentábamos a ver volar bichitos y telarañitas, todo en un baile orquestado. Desde chica la bauticé como “la hora de las hadas”, y todavía lo es para mí. Siempre he pensado que sería una buena hora para morir: en el letargo de la tarde, anocheciendo, con cansancio, volando-flotando junto a los bichitos, chupando naranja agria bajo los arbolitos olorosos.
Mi abuelo pasaba y repetía la misma historia: “Estos arbolitos y las florecitas los sembré para mi mujer; ya ven cómo le gustan los jazmines y los hueledenoche. Los de frutas los sembré para mí”. Así se vuelven los viejitos, repetidores de hazañas hasta el hartazgo.
Recuerdo la vez que mi abuelo fue con la abuela y le dijo: “Qué a gusto se la están pasando los muchachos”. Los muchachos éramos mis primos, mis hermanos y yo, todos de entre nueve y doce años. “Los oigo cómo se ríen y corren de un lado para otro”. Mi abuela, que nunca se estaba en paz, se asomó para vernos. Esa fue la primera tunda que me llevé en la vida, además de la cruda y la purga.
Se nos hacía fácil, porque lo era, irnos a jugar a la “trastienda”, como le decían los empleados y mis abuelos. Para nosotros era un paraíso en miniatura.. Ahí guardaban mercancías, pero también estaba el mueble con los dispensadores de esencias y aceites que vendían por onza. Lo sé porque después fui dependiente y despaché esas mercancías.
Esos dispensadores servían para nuestros castigos en el juego de la botella: tomarte un caballito de mezcal, de tequila, de peppermint, de aceite de rosas, de ricino, de anisado… todos destilados o preparados por mi abuelo, que era una mezcla de boticario, ciroperaloca y genio. Después de la segunda vuelta ya estábamos borrachos o purgados. Y para acabarla, ese día la regañiza de mi abuela fue pareja: a todos, incluido mi abuelo, “porque no ponía atención y no nos cuidaba bien”.
Estaba en la sala de espera acordándome de esos momentos, de ese jardín, de ese traspatio, de la tienda, de los veranos en el pueblo costeño. Habían pasado muchos años, aunque a mí me parecía que acababa de suceder. Ahí estábamos esperando el resultado de la cirugía de la abuela Nuria. El abuelo murió hace más de treinta años; ella siempre se empeñó en vivir sola y así, sola, se cayó varias veces. La última, casi fatal, la encontró la muchacha del servicio ya entrada la noche. Fue un jalengue conseguir ambulancia, doctores, hospital.
—Ay, abue, eres mi campeona, tú lo puedes todo, vas a ver cómo sales muy bien de la operación y lista para el siguiente baile.
—Sí, mamá, tú siempre estás contenta y alegre, disfrutas vivir, así que esta operación te va a hacer los mandados. ¡Mira, aquí está el mago de los sueños, el anestesiólogo que te va a hacer descansar y olvidarte del dolor bien pronto!
Para los hombres todo es muy fácil, hablan de lo de la abuela como si fueran enchiladas. ¡Cómo se les ocurre! Le tendrían que cambiar la cabeza del fémur y reemplazarle un hueso completo. Eso no es un paseo, no va a estar “lista para el siguiente baile”. Ya de por sí moverse le costaba trabajo, y de ahí el azotón. Henos aquí.
—¡Tres días en terapia intensiva nada más! Ya la pasamos a su cuarto. Nos sorprendió porque todavía sus órganos vitales funcionan bien, había que darles un empujoncito y ya. Estamos muy optimistas con una recuperación buena y pronta. Unas medicinas un poco fuertes para el dolor, alguna de cuidado porque puede causar adicción… —soltó una risita culposa—. Empezamos con morfina y vamos bajando de potencia para cambiarla a Tramadol, que es un opioide, son medicamentos controlados.
—¡Gracias, doctor! ¡Qué bien!.
—Abue, ya oíste, mañana te podrás levantar. Las maravillas de la tecnología: ya te cambiaron la cadera y en un día puedes empezar a caminar.
Qué pesadez. Cómo se atreven a presionarla así, médicos y familia, qué infames. Pero mi abuela y yo teníamos un pacto secreto desde hacía años, y yo lo iba a honrar al pie de la letra. “Abue, no te querían decir que la tía Carmelita ya murió, no querían que pasaras la pena”. “Ay, mijita, me lo sospechaba. Ya a estas edades al corazón se le van haciendo callitos; ojalá no me trataran como tonta… acuérdate de nuestro pacto, ¿eh?”. Eso me lo repite y recuerda, y ella ha seguido deteriorándose. Una mujer de casi noventa, con un pronóstico de vida de calidad relativa. Yo creo que mi abue merece una vida digna.
—Yo ya soy un murciélago sin radar, mijita, además estoy empezando a oír todo lejano. Tampoco me puedo bañar ni vestir sola, toda la fuerza de mis extremidades se fue. No sabes cómo extraño ser autónoma, ir y venir a mi antojo, aunque sea en mi casita, pero libremente. Y ahora esto… creo que la mía ya no es vida.
Mandé a mis primos y hermanos a descansar. “Yo me quedo con la abuela”, dije. Además, aquí le traigo su naranja para que se ponga contenta.
En todas las casas que habité planté por lo menos un arbolito de naranja agria. Cada vez que la nostalgia me invade me siento bajo el árbol y arranco una naranjita. Le pego una mordida con todo y cáscara, dejo que se me escurra por el brazo el jugo, lo dulce, lo amargo, pero también la infancia, la familia, los recuerdos, la vida.
—Abue, aquí te traigo tu juguito de naranja con piquetito. Es parte de la prescripción médica y te va a ayudar a sentirte mejor. Ya es la hora de las hadas…

