Teo sonrió complacido, los pantalones le quedaban muy bien. Pensó que las mañanas de trote al fin estaban dando resultados. Le presumió a Ana, su mujer, que los pantalones le habían cerrado sin problema. Ella le sonrió, lo felicitó de lejos y se perdió en el cuartito de la lavadora. Él tomó el termo del café, siguió de memoria el camino hasta la oficina. Poca importancia le dió al hecho de que el pasamanos del metro parecía estar un poco más alto esa mañana.
A la semana siguiente los pantalones le quedaban flojos. «Es muy pronto», pensó. Sacó otro modelo y notó que no sólo le quedaba flojo sino largo. Cuando le contó a su esposa, percibió que la veía de frente. Caminó hasta tocar su nariz con la de ella.
—¿Qué haces?
—Me estoy encogiendo —respondió él con el ceño fruncido.
—Claro que no, nunca fuiste muy alto.
—Bueno, no, pero estoy seguro de que la punta de tu nariz me llegaba al bigote.
Ella apretó los labios como cuando guardaba una sonrisa burlona, dio media vuelta y se puso a abrir y cerrar cajones como si buscara algo en la alacena. Teo se vistió, salió de casa, llamó a la oficina para avisar que no llegaría temprano, pues tenía que ver al médico. Como no tenía seguro social, pasó la mañana haciendo fila afuera de un consultorio de una farmacia de genéricos intercambiables esperando su turno para pasar a consulta.
El doctor lo escuchó, lo midió, lo pesó y trató de calmarlo diciéndole que su peso correspondía a una persona de su estatura. Teo le dijo que la prueba estaba en sus pantalones, que nunca los arrastraba. El médico le sugirió que les hiciera un dobladillo y, si notaba que volvía a arrastrarlos, regresara para que le mandara a hacer unos estudios.
Le descontaron el día porque no pudo justificar su falta. Regresó a casa frustrado y hambriento. Tomó a Ana por la espalda, con una mano sostenía su cadera, con la otra buscaba su pecho. Quería tomarla ahí, en la cocina, para desfogar sus dudas y desánimos.
Ella lo rechazó.
—Salte a correr si estás frustrado. —Le dijo. Abrió el refrigerador y comenzó a sacar tuppers para revisar su contenido.
—Ta´ bueno —respondió Teo. Se cambió de ropa y salió del departamento. Corrió hasta que sintió que el corazón no le cabía en el pecho. Regresó caminando despacio, buscando aire, el agua caliente del baño, ropa limpia, y un abrazo. No encontró lo último. Ana ya estaba acostada cuando él regresó. Teo se recostó a su lado, pasó el brazo sobre ella, esperó. Ana le pidió que se apartara.
—Hace mucho calor —dijo. Y se giró para quedar al otro extremo de la cama. Estaba apenas a un metro de distancia, pero a Teo le parecían veinte. A la mañana siguiente trató de acercarse de nuevo, pero siempre había un cajón desordenado, una carga de ropa, una amiga pidiendo consejo, que hacía que esos veinte metros fueran insondables. La ropa y los zapatos comenzaban a quedarle grandes, pero no fue hasta el día que tuvo que pedir ayuda para tocar el timbre del tranporte público que regresó al consultorio del médico que le había dicho que todo estaba bien con su talla y peso.
—Y sigue estándolo —respondió el doctor—. Su talla corresponde a su peso.
—Doctor, me estoy encogiendo.
—Uno puede perder hasta un centímetro de altura después de los cincuenta, y así cada diez años. Usted es muy joven aún. No se preocupe por esos temas ahora.
—No me entiende doctor, mire mi traje, hace años que no compro ropa.
—Pues quizá vaya siendo hora de considerarlo. Usted está sano, regrese cuando le duela algo.
A Teo le dolían las dudas, pero ese médico no podría ayudarlo. Regresó a casa, buscó a Ana para contarle sus miedos, pero ella no estaba. Había dejado un recado donde le avisaba que salía a tomar un café con una amiga y que regresaría tarde. Teo buscó sus tenis para salir a correr, pero ya no le quedaban. Hizo bolas unos calcetines y los metió al calzado para ajustarlo. Salió a correr, pero no llegó lejos. Se torció el pie cuando uno de los tenis se le salió en plena carrera. Regresó a casa cojeando y con el llanto inundandole los ojos.
Hubo un recorte de personal en la oficina. Despidieron a Teo y a unos diez compañeros más. Mandó currículums, cartas de recomendación. Compró nuevos pantalones y camisas en el departamento de niños para poder asistir lo más presentable posible a las entrevistas. Fue a más de cien, pero nadie lo contrató. El dinero de la liquidación comenzó a terminarse.
—Creo que será más fácil que encuentres trabajo tú, Ana. Yo no consigo colocarme.
—Yo creo que algo estás haciendo mal en las entrevistas, pero sí, voy a buscar trabajo porque alguien debe encargarse de los gastos.
—Lo estoy intentando, Ana.
Ella torció la boca, sacó su teléfono y se puso a mirar la pantalla. Esa noche Ana durmió en la sala. La cama era un mar donde Teo había naufragado.
Ana encontró trabajo la semana siguiente. Teo comenzó a hacerse cargo de la casa. Usaba una escalera para subir y bajar trastos de las alacenas y un carrito para llevar la despensa del mercado a su departamento. Puso una marca en la puerta de la recámara y cada semana tenía que cambiarla por una más baja. Aprendió a tejer y se hizo una escalera que colgó en una de las patas de la cabecera para cuando subir a la cama fuera imposible. Pronto ya no pudo ir al mercado ni encargarse de la limpieza. Todo era enorme para él.
—Es imposible que yo tenga que resolverlo todo, Teo. —Le reprochaba Ana y lavaba los trastes con furia mientras murmuraba con los dientes apretados. Cuando terminaba, salía de casa y no regresaba sino hasta muy tarde.
Una noche, Ana no regresó del trabajo, ni al siguiente día. Teo no dejaba de preguntarse si le había pasado algo. El hambre y la preocupación le aplastaban la cabeza. Dormía lo más que podía para que las horas no se hicieran eternas.
Ana regresó al tercer día. No dijo una sola palabra. Se dió un largo baño y se acostó desnuda en la cama. Teo la miró dormir. Extrañaba los días en que medía cinco centímetros más que ella y ese rostro no le parecía extraño por la perspectiva y las circunstancias. Extrañaba su voz de bosque, su risa ola de mar, el refugio de su tacto. Extrañaba tomarla de la cintura y recorrer con los dedos todo el camino hasta su empeine, acariciarlo y que ella temblara. Lo extrañaba tanto que caminó hasta sus pies, extendió las manos y la acarició como antes. Ana tembló de nuevo, pero esta vez, en lugar de mirarlo, lo pateó con fuerza. Teo golpeó contra la pared, cayó en el bulto de ropa que Ana había dejado cerca de la cama y no supo más hasta que el frío lo despertó. La ropa otra vez le quedaba grande, la escalera de estambre era enorme.
El ruido de la puerta lo sacó de su asombró. Corrió hasta el pasillo y vio a una persona que no conocía. Una mujer de unos sesenta años con una enorme bolsa de tela que dejó sobre el sillón. Encendió la cafetera, sacó unos panes y se sentó a desayunar con calma antes de tomar la escoba para barrer y limpiar el departamento. Teo la llamó a gritos para pedir ayuda, pero la voz tampoco le alcanzaba para llegar a los oídos de aquella mujer. Teo esquivó las moronas que llegaron al suelo, se escondió debajo del sillón mientras la mujer se sacudía la falda y, cuando se fue a buscar la escoba, él aprovechó para tomar las moronas y regresar a su escondite a comer. Tuvo que esquivar la escoba, acostumbrarse al nauseabundo olor del pinol, a guardar las moronas que la mujer dejaba cada vez que desayunaba. Ana llegaba de noche, a veces no. Nunca decía una palabra. Aventaba su bolsa en el sillón, se daba un baño y se metía en la cama. Teo le miraba el rostro iluminado por la luz de la pantalla del teléfono hasta que el sueño los vencía a ambos.
El departamento era, cada día, más grande y más frío.

