Me llamo Marucia, mi esposo es ingeniero y ambos trabajamos al norte de Rusia; él, en una empresa del gobierno especializada en construir bombas con sustancias radiactivas. Yo soy química y mi tarea en el laboratorio es separar cultivos patógenos en cantidades inimaginables que después son utilizados, como las bombas, para exterminar seres humanos provocando pandemias de lepra, sida, COVID y otras enfermedades.  

Es el año 2093, a principios de septiembre, y los gobernantes de este mundo malvado se han alejado de la cordura, se sienten más que dioses, no tienen límites para la crueldad.

Aunque mi esposo y yo ya no queremos seguir siendo utilizados para este propósito, no se nos permite renunciar: estamos amenazados con el exterminio de nuestros seres queridos, ni siquiera tenemos la posibilidad del suicidio, ya hemos sido testigos de la suerte que corren las familias de compañeros que lo han intentado.

Si continuamos siendo instrumentos de esta masacre, el peso de la culpa nos llevará a la locura, por eso deseamos huir. Hemos decidido emprender un viaje interestelar a través del tiempo y escondernos en algún lugar salvaje, lejos de este mundo.

Existen varias compañías especializadas que ofrecen viajes en el tiempo a diferentes épocas, en su propaganda anuncian:

 

VIAJES POR EL TIEMPO S.A.

Imagine ver el deshielo de un Iceberg, conocer a Cleopatra en la hermosa Alejandría o presenciar la caída del muro de Berlín.

Garantizamos la enseñanza de cualquier idioma: latín, griego, español, inglés… Lo vestimos de acuerdo con la época elegida.

 

Nuestros amigos Bladimir y Ekaterina acaban de compran un viaje a 1912 y aterrizarán en un crucero de placer, término en desuso en nuestro tiempo. Se llama “Titanic”, es un barco muy moderno para su época y ofrece toda clase de amenidades que ellos tienen curiosidad por conocer: bailes de salón, exquisitas cenas, conciertos y casinos que sólo conocemos por algunas referencias encontradas en los antiquísimos libros de algún loco anticuario galáctico.

Ellos lo pueden hacer porque su profesión no tiene restricciones para estos viajes. Nosotros, en cambio, tendremos que encontrar una forma clandestina de viajar para evitar que los funcionarios de las aduanas cósmicas sospechen de nuestras intenciones.

Pagaremos una fianza a la empresa de viajes: dejaremos absoutamente todas nuestras posesiones. Nuestros amigos hicieron lo mismo y las recuperarán cuando regresen, porque ellos sí piensan regresar.

Aun si lográramos evadir la vigilancia cósmica, nada es seguro, se cuentan historias de compañeros que han sido capturados y deportados. Las torturas que sufren están más allá de lo que cualquiera pueda imaginar, además, dicen que jamás recuperan sus bienes y que son aislados de todo contacto humano hasta que terminan por sucidarse de las formas más extrañas, causándose daños atroces porque no tienen armas.

Sólo tenemos algo a nuestro favor: el piloto de una de las naves es mi hermano y está dispuesto a ayudarnos, cambiará el destino contratado para reducir la posibilidad de que nos encuentren. Su turno es a mediados de septiembre y debemos apresurarnos.

Estamos al borde de la locura; la angustia y el miedo nos hacen desistir por momentos. Sólo las estadísticas de muertes provocadas por nuestros trabajos nos dan fuerza para continuar con los planes.

Ha llegado la fecha, el costo afectivo y material es muy alto, no nos despedimos de nadie, la compañía organizó nuestro viaje a las Amazonas, no sabemos cuál será nuestro destino final, serán las circunstancias y la suerte quienes lo decidan. Trato de no pensar en el castigo que mi hermano recibirá si lo descubren.

Iniciamos el viaje, nadie habla, no puedo calcular cuánto tiempo ha transcurrido, veo la angustia reflejada en el rostro de mi hermano, no hay oportunidad de preguntar, la máquina se está llenando de humo, caemos en picada a gran velocidad, el ruido es insoportable, me cubro los oídos y mis manos se tiñen con la sangre que sale de ellos. ¡Qué dolor! Chocamos con algo, damos tumbos y tumbos.

Por fin, todo queda en silencio. Como puedo, salgo de la nave, no veo a mi hermano, alguien se acerca, es mi esposo, no escucho lo que dice; me jala para alejarnos de la nave que arde. ¡Mi hermano, quiero ir a buscarlo! Las llamas, la explosión… pierdo el conocimiento. Cuando despierto veo que, de mi hermano y de la nave, sólo quedan cenizas.

Lo logramos, a costa de su vida. Lloro sin consuelo por los 35 años en que no lo había hecho. Estamos en medio de un campo verde de tonalidades imposibles, al fondo se ve un bosque, entre el impacto de lo que miro y el duelo, siento que el pecho me va a estallar. ¡Arboles, muchos arboles! Nunca imaginé que vería, tocaría y respiraría este delicioso aroma que sólo he visto en esas películas retrointeractivosensoriales que se salvaron de ser requisadas. La sensación que me produce todo esto me llena de gratitud. ¡Qué bello espectáculo!

Veo a mi esposo, los dos tratamos de contener las lagrimas porque las estructuras del mundo del que venimos nos han vuelto tan insensibles que allá el llanto es un signo inequívoco de debilidad. En nuestro mundo no estaba permitido llorar si queríamos mantener el estatus y los privilegios derivados de nuestro trabajo.

Está cayendo la noche, miramos al cielo sorprendidos y asustados, luces multicolores, de alguna manera percibimos que son luces de festejo, muy distintas de las que producían las bombas mortíferas.

Nos miramos, sobran las palabras, sellamos un pacto con la tierra que pisamos: pondremos nuestros conocimientos al servicio del bien de la gente que habita esta tierra que, sin saberlo, nos ha acogido.

Seguimos disfrutando del espectáculo de luces, a la distancia oímos muchas voces que gritan sin miedo: ¡VIVA MÉXICO, VIVA HIDALGO, VIVA LA INDEPENDENCIA”!

Sara López Bravo