—La fractura del brazo no ha sanado bien, algo me molesta. Por las noches el dolor es casi insoportable. Háblale al médico, por favor.

—Debe estarle doliendo bastante porque usted no se queja nunca. Mejor vamos al hospital para que la vean porque el doctor no responde.

 Se dirigieron al servicio de Urgencias del Seguro Social en el centro de la ciudad, al principio Elena condujo a toda prisa, pero después disminuyó la velocidad y enfocó su atención en tratar de tranquilizar a su abuela.

 —Llegaremos pronto, se podrá bien. —Le decía con un tono suave muy distinto a su habitual hablar acelerado.

 Al llegar al acceso principal, un guardia de seguridad les indicó que ahí sólo estaban atendiendo UR-GEN-CIAS, levantando las cejas separaba altanero las sílabas sin voltear siquiera a verlas. UR-GEN-CIAS, repitió con dejo enfadado. Les dijo que no era posible recibirla ni atenderla y les pidió, de forma tosca, que se quitaran del paso.

 —¡Hijo de la chingada! —dijo Elena perdiendo el tono suave de antes. — Trae mucho dolor y su médico no responde. ¡Es una UR-GEN-CIA!

 No las recibieron en el hospital, regresaron a casa ansiosas y llenas de frustración, Elena bajó casi en brazos a su cansada abuela Coco. La recostó en el sillón de la sala de estar, el verde botella, de tela de panilla, grabado con pequeños rosales de hilo de seda. Cuando era pequeña, tomaba en él sus obligadas siestas “para que le hiciera bien la digestión y creciera grande y fuerte”, y después, en lo que se le pasaba la modorra, gustaba de separar los hilos, uno a uno, con sus uñitas pequeñas, mientras su abuela la cuidaba.

 El rostro de Coco estaba tenso, su boca tenía un gesto terrorífico elevado en curva, seco y con movimientos duros que dejaban ver sus muelas quebradas. Su pecho se hundía en cada exhalación y una pierna, que intentaba estirar y se regresaba a su lugar casi mecánicamente, tenía a su nieta en ascuas. Al poco la vio en calma, los labios grises se cerraron lento y las arrugas en sus ojos se difuminaron. La anciana se arropó con una frazada el yeso húmedo y recostó la cabeza sobre su lado izquierdo.

 Elena se relajó al ver que su abuela dormía ya sin quejarse, aventó un tenis, al intentar quitarse el otro percibió un olor a podredumbre. Pensó que quizás se los había puesto con los pies mojados, se agachó, pero sus pies olían a crema corporal.

 Buscó de dónde venía el tufo, en esas estaba cuando Coco despertó con un alarido de dolor, se acercó y la abrazó fuerte como si eso pudiera menguar su sufrimiento, lloró sobre ella, le dijo cuánto la amaba, que daría lo que fuera por evitarle este tormento.

 La abuela, agitada, daba bocanadas de aire y trataba de arrancarse la tela que cubría su herida. Elena entendió y la ayudó a sacar el brazo del estribillo, así descubrió que la gruesa capa de vendas estaba cubierta por un líquido viscoso que simulaba un mapa en tonos cafés y rojizos. Ahí estaba, olía a enfermo, a último aliento, a sufrimiento, a carne que se descompone.

 Descubrió el codo, tres piezas de metal salieron disparadas de las apretadas telas mientras ella gritaba. Elena abrazó a su abuela, la consoló y le pidió a Dios que la ayudara. Tres gusanos caminaron sobre su reloj de muñeca, uno más salió de la axila de Coco y decenas de ellos se arrastraron por el vendaje que yacía en el suelo. Un zumbido intenso lo detuvo todo, la abuela ya no se quejaba y el ambiente se tornó fresco. El calor pesado se diluyó y sintió en su piel una brisa delicada con aroma a hojas de naranja.

 La abuela, con su brazo limpio y fuerte, acarició la cara de Elena y le dijo cuánto la amaba. Ella recibió su bendición con amoroso respeto. Le besó las manos dedo a dedo y la cubrió con una mantita, luego se secó las lágrimas. Vio las lucecitas multicolores del pinito de Navidad que alumbraban sus pies descalzos y agradeció por la veladora que estaba encendida a su lado en una mesita en la que había una fotografía de Coco sonriendo. Se recostó en el sillón verde botella de tela de panilla grabado con pequeños rosales, desprendió el último hilo de seda, lo enrrolló y lo acercó a su corazón.

 

 

Kathya Higuera