Los niños del poblado de San Miguel pasan sus tardes despreocupados jugando en las calles. Presumen sus juguetes de madera y trapo; trenecitos con su maquinita y un par de vagones, muñecas de coloridos vestidos y cabellos negros trenzados, soldaditos, caballos y espadas sin filo, camiones, carritos y algún tractor, un tablero chino con una estrella de colores y sus canicas, baleros, yoyos, ágiles trompos, conejos esponjosos, una coqueta serpiente y un melenudo león. Cada niño tiene, por lo menos, uno de los juguetes del almacén de don Manuel, algunos tienen dos y hasta tres.
Aunque juegan alegres, se turnan para que siempre haya uno vigilando en la entrada del pueblo. Cuando el niño en turno grita “¡Ahí viene el Cojo!”, los demás toman sus pertenencias y corren a las casas amigas más cercanas, otros se esconden entre los árboles y los arbustos de las pequeñas áreas verdes o en el parque que está a la vuelta. Los que quedan más atrás se meten al taller de Roque, a la panadería o al establo del señor Pedro.
Algunos espían por las ventanas, por los huecos de las bardas y los matorrales. Ven cómo aparece el Cojo, muleta bajo el sobaco con su andar intermitente. Bajo su raído sombrero de paja, el pelo oscuro y desordenado oculta su rostro. Jorongo desgastado y pantalón de una sola pierna. Carga un bulto en la espalda y así atraviesa las calles del pueblo.
Una vez que pasa, los niños salen de sus refugios. Antes que nada asignan al siguiente vigía que esperará atento el regreso del Cojo. Saben que se dirige hacia el centro, pero no saben a dónde ni para qué. Nadie lo conoce, pero no por eso dejan de compartir especulaciones sobre cómo perdió la pierna.
Dicen que se la arrancó un enorme perro negro una noche sin luna. Unos cuentan que fue a conocer el mar, quedó tan fascinado que se metió a nadar, aunque le advirtieron que no lo hiciera, y entonces un tiburón lo sorprendió y se comió su extremidad. Otros aseguran que un día, caminando por el campo, pisó un hormiguero, los insectos se subieron a su pierna y se la fueron quitando cachito por cachito. Eso sí, todos coinciden en que la perdió cuando era chico, como ellos.
Lo evitan por su malhumorada fama. Corre el rumor de que cuando se encuentra un niño y este se le queda viendo, le enseña sus sucios dientes que son la envidia de los más terribles monstruos. Si uno se le acerca demasiado, le da una muletada en el trasero y, si se burlan de él, les avienta piñas de pino que carga en su morral. Ninguno lo dice de primera mano, a todos se los contó alguien más o dicen que le pasó al conocido de un conocido. Más vale no arriesgarse, por eso todos los niños se alejan cada que el Cojo viene al pueblo y pasa por sus calles.
Una vez fuera de las miradas infantiles, el Cojo se dirige al almacén de don Manuel. Ahí los clientes, aunque no le tienen miedo, lo evitan sin disimular. Don Manuel lo lleva a un rincón, revisa el paquete que trae y, después de una buena inspección, entra a la trastienda, le surte comestibles, provisiones, materiales varios y algunas herramientas. Además, agrega un par de botellas de tequila, del blanco, y algo de dinero. El Cojo recoge todo y se marcha bajo las miradas inquietas de la clientela.
Un día, doña Dominga, la voz comunicativa de los pormenores del pueblo, estaba presente. Con su puntiaguda curiosidad le dio por interrogar a don Manuel, quien, renuente, sólo atinaba a decirle que era un buen cliente y proveedor de cierta mercancía que era muy solicitada en el pueblo.
Tras la insistencia de la dama, el hombre optó por contarle la vida del peculiar sujeto:
—Pocos se acuerdan, pero hace varias décadas, cuando restauraron la iglesia principal de San Miguel, las bancas, el púlpito, los confesionarios y todo lo que llevaba madera fue arreglado por Sebastián Quintana, un gran carpintero. Él tenía una hija, una chica muy bonita que se casó con un minero de Real de la Plata y se la llevó a vivir para allá. La pareja tuvo un hijo, un chico muy listo, lo sé porque su abuelo, Sebastián, era un buen amigo mío, él me lo contó.
Un día, ya hace más de veinte primaveras, hubo un accidente en una de las minas. Arturo, que es como se llama el Cojo, tenía 10 años. Su padre y otros mineros quedaron atrapados en el yacimiento. No podían sacarlos, pero encontraron la manera de comunicarse con ellos por un orificio entre los túneles. Era muy pequeño para un hombre, pero no para un chico. Arturo, sin pensarlo, se ofreció para llevarles agua y comida. Se arrastró entre las rocas hasta llegar a un hueco por donde podía pasarles algunos víveres. Así pasaron varios días, durante los cuales, los pobladores trabajaron duro para abrir brecha y sacarlos. El noveno día, cuando Arturo regresaba de abastecer a los accidentados, hubo otro gran derrumbe, uno definitivo, la mina colapsó y murieron todos los mineros, incluido su padre. Él quedó atrapado entre las rocas a unos metros de la salida, movieron los escombros que lo sepultaron pero una roca enorme apresó su pierna, tuvieron que amputarla.
El chico se salvó. A su madre no le quedó de otra que regresar a San Miguel con su padre el carpintero. Vivían por allá, por los montes, ahí tenían su jacal. Al año de la tragedia murió la madre de Arturo, dicen que de tristeza. El abuelo educó al muchacho en casa porque no podía traerlo a la escuela del pueblo, por eso casi nadie lo conoce. En fin, hace diez años murió su abuelo Sebastián y yo fui de los pocos que lo acompañaron en sus últimos días. Él me pidió que ayudara a Arturo con lo que pudiera, ya en ese entonces era todo un hombrecito. “El muchacho sabe cuidarse solo”, me dijo, “pero necesitará algo de ayuda”. Yo accedí. Así que cada que viene al pueblo, le compro sus mercancías y lo abastezco de provisiones y materiales para su trabajo.
—¿Y qué es eso que tanto le compra usted al Cojo?, eso que le da para todo lo que se lleva. —Interrumpió doña Dominga con su acostumbrado tono intrigoso.
—Pues verá. —Le contestó don Manuel mientras desenvolvía el paquete que le dejó Arturo —El muchacho heredó el talento de su abuelo, además de otras habilidades más que no sé de dónde sacó.
Y ahí, en el mostrador, don Manuel fue colocando todos los juguetes que el artesano le había dejado.

