De figura redonda y personalidad excéntrica, El Mantecas lideraba la banda de metal-punk Los Pellejos.
Era el contraste perfecto de sus compañeros: unos exgordos pellejudos que, sobre el escenario, hacían un equilibrio casi milagroso con sus instrumentos de acero. Juntos sonaban como si alguien hubiera arrojado una licuadora contra una fábrica.
Abajo del escenario, El Mantecas era tímido y reservado. Tenía un arma secreta: la pandereta.
Con aquel sonido metálico había logrado colocar entre los primeros lugares éxitos como Esa gordita es mía y Échale más crema a tus tacos. Cada vez que subía al escenario, las luces, el ruido y el metal parecían llevárselo por delante. Entonces se dejaba arrastrar por la música y flotaba como pluma entre los golpes de la batería, las guitarras y el tintineo de su pandereta.
Antes de cada concierto se tomaba una Coca-Cola bien fría.
—Una coquita para sobrellevar lo triste de la vida —decía.
Después salía a entregarse a su público.
El Mantecas vivía profundamente deprimido. Su peso y sus excentricidades se habían convertido en una especie de armadura: mientras todos miraban al personaje, pocas personas alcanzaban a ver al hombre que había debajo.
Decían que era el azote de las panderetas, que había llegado para cambiar la historia del metal-punk, que era un parteaguas en la industria. Él escuchaba aquellas cosas, sonreía y se reía para dentro.
Aquel instrumento le daba seguridad, evitaba que se le notara la ansiedad… Tac, tac, tac. Mientras hubiera una pandereta entre sus manos, nadie podía verlas temblar.

