Vuelves a mirarte y reconoces la expresión. Sí, eres tú, después de tanto tiempo. Amas el silencio igual que entonces, cuando tenías cinco años y evitabas la conversación. Ese rostro que has encontrado en la memoria viene con el rumor de las hojas movidas por el viento, hablan contigo otra vez, te dicen que nada es igual, pero el gesto que has visto lo contradice. Te gusta caminar sobre los surcos de la tierra y sentir que tus pies se hunden un poco a cada paso. Te fijas bien dónde pisar para no herir a las plantas y mantener el equilibrio. Ese laberinto que forman las paredes de la milpa no te impide encontrar las flores más diminutas que puedas llevar como ofrenda. Es tu lenguaje colorido para decir en secreto: te quiero.
Te han dicho que no te distraigas, que sigas las voces. Sigues andando, levantas las manos para no perder tu ramo. Las calcetas blancas se te han manchado de lodo. Te ríes hacia dentro, de tus pensamientos, de lo que desconocen los demás acerca de ti. Hoy te vestiste a la carrera, como acostumbras, las líneas de tus calcetas están torcidas y si las enderezas el lodo se repartirá por todos lados. ¿Qué hacer? Nada. No te detengas que se van.
El fresco olor de las cañas recién cortadas se queda en las mangas de tu suéter. No te lo quites. Jamás. Las voces de tus hermanas armonizan con el llamado lejano de los animales, pero tu abuelo… esa es la voz, la más grande, la que no has olvidado, un radio antiguo de notas graves y profundas que te hace vibrar el pecho. Se aleja. La sigues. Buscas significados y significantes en las líneas de luz amarilla que se cuelan entre el verdor, en tus pasos esponjosos, en el canto del gallo. Te llaman. Las hojas del maíz se mueven a un lado. Tus pies se quedaron en su sitio y sólo giras la cabeza. Oyes el chasquido del obturador antes de ver quién está al otro lado. Mueves una caña para asomarte y ahí estás, de nuevo, cincuenta años después.

