Esto sólo pasa en mi México lindo y querido.
Cómo me reí al leer los comentarios sobre los arreglos que se hicieron en la estación del metro Hidalgo. Pusieron lámparas estilo europeo, así que, a partir de ahora, en lugar de decir “nos vemos en el reloj”, las citas serán bajo el farol. Los caballeros darán el paso a las damas quienes llevarán peinados altos y abanicos, por si acaso no sirviera el aire acondicionado.
Por otro lado, en mi barrio hay muchos cambios. La alcaldesa ordenó que en la entrada principal que lleva al centro de la alcaldía, sobre el camellón, se colocaran unas bases cuadradas de concreto. Supuse que pondrían macetas para honrar a Xochimilco habiendo tantas variedades de flores. La gente estaba muy enojada porque la avenida se redujo a un carril causando caos vial, no faltaba quien gritara: ¡mejor tapen los baches!
Un día, finalmente, aparecieron pelotas de varios colores en las dichosas bases de concreto, fueron tantas las burlas y malos comentarios en contra de la alcaldesa, que varios días después parecían haber desaparecido. Amanecieron faroles rojos tipo chinos y las pelotas ahora estaban pintadas de blanco. También pusieron unas rocas que parecen huevos de aves gigantes a las que les hicieron un orificio para plantarles flores, sólo que se les olvidó regarlas y ahora están tristes y deshidratadas.
Esto del mundial es muy gastante y desgastante. Lo primero, porque son demasiados gastos económicos en muchos sentidos: los que compraron boletos para asistir al estadio; aquellos otros que consiguieron playeras para ponerse el traje de mexicano y apoyar a su selección fuera y dentro de las casas; la compra excesiva de botanas y de chelas bajo la melodía de muchas voces hermanándose en una sola al grito de ¡Viva México, cabrones! Es insólita la euforia pública tras cada triunfo de la selección junto con la nutrida audiencia que se dio cita en lugares donde se colocaron pantallas gigantes para ser testigos de los partidos y, por cierto, la lluvia no fue obstáculo para disfrutar del gran evento.
Y lo desgastante: el desfile de emociones; gritos de alegría, aplausos, bailes, saltos, patadas en los charcos, el “quiere volar, quiere volar”, los disparos de espuma… toda una algarabía de nacionales y extranjeros que se unieron a la fiesta, y es que el mexicano no se calla, muchas veces sobrevaloramos las cosas y nos gusta reírnos de aquello que inventamos, por ejemplo, el “Ora sí” y el “¿Y si sí?, y la alegría por un joven de 17 años y un equipo que sale a rajarse el físico en la cancha sin que sea suficiente, como se vio en el último partido.
Pero, ay, no es decepción sino realidad. Otra vez se repite un hecho y nos quedamos como siempre: en el mérito del “ya merito”.
Dicen que encontraron las pelotas de colores arrumbadas en un terreno baldío. Me pregunto dónde irá a parar todo lo demás ahora que pase el mundial. Esto sólo pasa en mi México lindo y querido, y como México, no hay dos.
