Carmen era una niña casi normal; flaca, de cabello largo e indomable, ojos negros que parecían sorprenderse de todo y un silencio que muchos confundían con timidez. Tal vez hablaba poco porque creció sin padre y porque su madre pasaba más tiempo trabajando que en casa.

Todo en ella parecía común, salvo por una extravagancia imposible de ocultar: necesitaba probarlo todo. No importaba si era comestible o no. En su corta vida se había llevado a la boca insectos, trozos de yeso desprendidos de la pared, restos de comida encontrados en la calle, tierra húmeda, hojas secas y cualquier cosa que despertara su curiosidad.

Doña Silvia jamás olvidó el día en que encontró a Carmen, de apenas año y medio, saboreando el contenido de un pañal que había quedado en el suelo. Sintió una arcada tan violenta que apenas alcanzó a correr hacia ella, arrancarle el pañal de las manos y meterla a bañar entre gritos y lágrimas. Pensó que había sido un accidente. Los niños se llevan cualquier cosa a la boca. Ya se le pasaría. 

No se le pasó. Con los años, aquella costumbre se convirtió en la peor pesadilla de su madre. Bastaba perderla de vista unos minutos para descubrirla masticando algo nuevo. Doña Silvia nunca creyó que Carmen fuera poco inteligente, al contrario, observaba el mundo con una atención feroz. Lo único extraño era esa necesidad irrefrenable de conocer cada objeto a través del gusto.

—¿Por qué haces eso?

Carmen se encogía de hombros, escupía el bocado si la obligaban y guardaba silencio. Ni ella misma sabía explicarlo. No era hambre, tampoco desafío. Era una especie de impulso. El gusto resultaba casi secundario; lo importante era descubrir cómo sabía aquello. Nunca recordaba haber sentido verdadero asco. Algunas cosas eran agradables, otras insípidas, unas pocas desagradables, pero ninguna le parecía imperdonable.

Aquella afición tuvo un precio. Los demás niños dejaron de jugar con ella cuando la vieron comerse un escarabajo durante el recreo o rescatar del bote de basura un pedazo de torta mordisqueada. Muy pronto comprendió que era más sencillo caminar sola que soportar las miradas de repulsión. Así transcurrió su infancia: saboreando el piso cuando llovía, arrancando babosas de las macetas y persiguiendo insectos con la emoción con que otros perseguían mariposas.

Cuando llegó a la adolescencia, Carmen se convirtió en una muchacha hermosa. Los pretendientes aparecían con facilidad y desaparecían con la misma rapidez en cuanto descubrían sus hábitos. Todos, menos Ramiro. No era especialmente atractivo, pero poseía una virtud que nadie más tenía: jamás hizo un gesto de desagrado. Al principio sólo observaba divertido. Después comenzó a participar. Si Carmen ya conocía el sabor de casi todos los insectos del jardín, Ramiro consiguió lagartijas, salamandras y otros pequeños reptiles. Más tarde aparecieron las ratas.

—Si en algún lugar del mundo se las comen, tan malas no deben ser —decía.

Carmen reía.

Una noche le confesó:

—Quiero probar el mundo entero.

Ramiro pensó que aquella mujer era demasiado bella para dejarla escapar por una rareza. Después de todo, fuera de esa obsesión, era completamente normal. Durante dos años de noviazgo emprendieron expediciones gastronómicas que nadie habría imaginado. Consiguieron perros, gatos, animales exóticos y hasta el alimento con el que los criaban. Carmen insistía en probar cada cosa dos veces: cruda y cocinada. Le parecía injusto juzgar un sabor sin conocer ambas versiones.

Cuando se casaron, los fines de semana adquirieron un ritual inquebrantable. Eran los días de salir a comerse el mundo. Seis meses después, Carmen descubrió que estaba embarazada. La noticia no despertó en ella ninguna emoción particular. Nunca había sentido vocación de madre. Los bebés le parecían frágiles, ruidosos y completamente dependientes. Eso sí: le enternecían sus mejillas redondas. Desde niña había sentido unas ganas absurdas de hundir los dientes en ellas, como quien muerde una fruta demasiado madura.

Ramiro, en cambio, lloró de felicidad. Nunca lo había visto tan emocionado. Durante semanas soportó con paciencia los antojos de Carmen, hasta que un día le pidió algo que a ella le pareció absurdo.

—Por el bien del bebé, deberías comer como la gente normal.

Ella creyó que era una broma. ¿De verdad una criatura que apenas existía iba a decidir lo que ella podía o no podía probar? Aun así aceptó. Amaba a Ramiro. Era el único hombre que la había querido sin pedirle que fingiera ser alguien más.

Cumplió su promesa… casi. A escondidas seguía buscando pequeños sabores nuevos con los que calmar la ansiedad.

Cuando nació el niño, Ramiro cambió por completo. Ahora vigilaba todo lo que Carmen llevaba a la boca. Insistía en que debía abandonar para siempre aquellas costumbres. Eso fue lo que ella no pudo perdonarle. No bastaba con aceptarla, Ramiro tenía que entenderla. Tenía que formar parte de su mundo.

Un sábado él salió a trabajar como de costumbre. Cuando volvió, Carmen lo recibió con una sonrisa radiante.

—Hoy preparé algo especial.

En la cocina lo esperaba un plato humeante de pozole.

—Es una receta que me enseñó una vecina.

Ramiro probó la primera cucharada. Era delicioso.

La carne tenía una suavidad extraordinaria y un sabor que no lograba identificar, aunque resultaba sorprendentemente agradable. Mientras repetía el plato pensó que quizá, al fin, Carmen había dejado atrás aquella obsesión y estaban empezando una vida normal. Después de cenar quiso ir a besar al bebé.

—No hace falta —dijo Carmen con serenidad—. Ya no volverá a llorar. Y tampoco tendrás que preocuparte nunca más por mi dieta.

Ramiro sintió que el corazón dejaba de latirle. Corrió hasta la habitación. La cuna estaba vacía. La sangre lo explicaba todo. No supo si las arcadas que lo doblaron sobre sí mismo eran de asco, de dolor o de culpa. Tampoco le importó averiguarlo. Regresó a la cocina, sin decir una sola palabra, rodeó el cuello de Carmen con las manos y apretó hasta que dejó de moverse.

Cuando la policía llegó, encontró a Ramiro sentado frente a la mesa, estaba terminándose el pozole.

Después de todo, estrangular a alguien también abría el apetito.

 

Lu López