Al fondo de la madriguera

Doña Martha está en el estacionamiento del centro comercial guardando apresurada las compras en la cajuela de su carro, cuando llegan dos policías a impedir su huida. Uno de ellos, el más gordo, mostrando su posición de poder, la amedrenta con las esposas; su compañero le hace una seña con la mano para evitar que las use.

El buen vestir y su peinado de salón la salvan de ser tratada como delincuente, aun así tiembla, los ojos le brillan de miedo y no entiende qué está pasando.

Un señor con aroma a clase alta sube al auto de junto, mueve la cabeza en señal de desaprobación y dice en voz baja: “a la cárcel, vieja ratera”.

Doña Martha insiste en que ella no robó nada, que todo lo pagó, pero no encuentra ningún recibo en su bolsa que lo compruebe.

—Acompáñenos a la oficina, señora, para que le mostremos los videos donde se sale sin pagar.

Doña Martha sería incapaz de tomar algo sin pedirlo, de comprar algo sin pagarlo, de comer sin decir provecho; ella tiene buen gusto, su manicura es impecable y su sonrisa parece un tatuaje permanente. Está convencida de que sonreír y vestir bien son el mejor antídoto para la tristeza.

Trece años atrás, mientras esperaba a sus hijos frente a la ventana, sintió una presión en el pecho. Era más tarde de lo habitual, “seguro se alargó la fiesta, no han de tardar en llegar”, se decía a cada minuto para convencerse. Sus hijos no regresaron esa noche ni ninguna otra.

Hay dos cosas que quiere olvidar: la llamada del 20 de junio de 2008 donde le pidieron asistir a la Discoteca New’s Divine para identificar, entre los trece cuerpos, los de sus dos hijos. Y la imagen de ambos tirados en el piso junto a una columna dórica; estaban abrazados, cubiertos de sangre y con la cara desfigurada a golpes. Doña Martha nunca creyó la versión de la estampida humana, ella sabía reconocer una golpiza.

A partir de entonces excavó una madriguera en su mente para enterrar esos recuerdos, pero todas las noches antes de dormir se quita la sonrisa tatuada y llora por horas.

Custodiada por los policías llega a una pequeña oficina donde la espera el dueño del almacén. La secretaria le muestra el video.

Sentada frente a su imagen, doña Martha sonríe; observa cómo se colgó del brazo un vestido y un par de sacos y salió directo a su auto sin detenerse a pagar. La sonrisa se transforma en risa y luego en estruendosas carcajadas.

Por fin: el depredador logró entrar a la madriguera comiéndose lapsos enteros de su vida. Cualquier persona estaría aterrada de perder la memoria, pero ella no.

El depredador seguirá devorando hasta encontrar los recuerdos que guardó al fondo.

Marcela Osuna

Cosmiatra. Escribe porque considera que es una de esas personas que estropean todo cuando hablan y está convencida de que las letras suenan mejor que su voz.

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